Notas

  • El largo camino de la ciudadanía en Brasil: entrevista a José Murilo de Carvalho

Resumen

Abstract

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2. NOTAS

El largo camino de la ciudadanía

en Brasil: entrevista a José Murilo

de Carvalho

Natalia López Rico*

Universidad de Chile, Chile

nlopezrico@gmail.com

Con más de una veintena de libros publicados sobre el Brasil imperial y la Primera República, el historiador José Murilo de Carvalho se erige como una de las principales figuras y voces intelectuales de las últimas décadas en Brasil. Entre sus obras se destacan Os bestializados, ganador del premio al mejor libro de la Asociación Nacional de Posgrado en Ciencias Sociales en 1988; La formación de las almas: el imaginario de la República en Brasil, publicado en 1991 y ganador del premio Jabuti, Dom Pedro II: ser o não ser, merecedor del mismo premio en 2008, y Ciudadanía en el Brasil: el largo camino, libro que ya va por su decimoctava reedición y que le valió el premio Casa de las Américas en el año 2004.

En esta ocasión, el profesor Murilo de Carvalho habla de las razones que lo llevaron a dedicarse a la historia, su percepción sobre las vicisitudes de la ciudadanía en el Brasil y el quehacer del historiador en nuestros días. La entrevista se llevó a cabo en Rio de Janeiro en junio de 2014.

Natalia López Rico (NLR): A pesar de ser usted uno de los historiadores más importantes de Brasil, sabemos que su formación no se inició estrictamente en esta dirección. ¿Podría referirse a este recorrido? ¿Qué lo llevó a dedicarse a la historia?

José Murilo de Carvalho (JMC): Es verdad, no comencé como historiador sino como alumno de una Facultad de Ciencias Económicas en Belo Horizonte, Minas Gerais. Había en la Facultad un curso de sociología política, y lo tomé. En esa época, el mejor profesor que tuve era también el mejor historiador de Minas Gerais; se llamaba Francisco Iglesias. Fue entonces cuando empezó a interesarme y a fascinarme la historia. Ese profesor daba clases de historia de Brasil e historia universal, y a la vez se interesaba mucho por la literatura y el cine, así que esta apertura de la historia hacia otras disciplinas me marcó desde el inicio. Además, la preocupación por la literatura tenía que ver con el problema de la escritura, es decir, no solo la literatura como un acto de lectura sino también como escritura. Creo que, de mi tiempo de formación, esta fue la influencia más importante. Terminé la licenciatura en 1965, año que coincidió con la entrada de la Fundación Ford en Brasil. Fue un año después del golpe militar y esa Fundación llegó ofreciendo apoyo a programas de ciencias sociales, aunque no específicamente en historia. En Rio, la Fundación apoyó cursos de posgrado en ciencias políticas, sociología y antropología. En Minas Gerais, uno de ciencias políticas. Así es que luego de terminar mi formación recibí la oferta de una beca para estudiar en Estados Unidos con apoyo de la Fundación. Yo nunca imaginé algo así, son esas cosas en la vida que llegan de repente y cambian nuestras vidas. En la época no había en Brasil posgrados sistemáticos en las áreas de ciencias sociales, había solo algunos doctorados antiguos, al estilo francés, donde solamente se defendía una tesis. Los posgrados al estilo norteamericano fueron introducidos después de 1968. La beca era para estudiar en la Universidad de Stanford. Otros colegas también se beneficiaron: fueron a Harvard, a Berkeley, a Chicago, al MIT… es decir, a las mejores universidades norteamericanas. La Fundación se portó muy correctamente con nosotros: nos llevó a las mejores universidades sin exigir contrapartidas. Sin duda, en el fondo ellos tenían un interés político, pero incluso apoyaron a intelectuales perseguidos por la dictadura.

Fue así como llegué a Stanford, que es hasta el día de hoy una de las mejores universidades del mundo. Había allí un brasileñista que estudiaba Minas Gerais, John Wirth, otros que estudiaban América Latina, como John Johnson y Richard Fagen. Pero mi departamento era el de ciencias políticas, donde completé el doctorado con Robert Packenham. Llegar a ese departamento fue para mí una ventaja. La tendencia de los estudiantes latinoamericanos en Estados Unidos era concentrarse en los centros de estudios latinoamericanos donde se quedaban aislados de los colegas norteamericanos y de otros departamentos. Tuve contactos con el Centro de Estudios Latinoamericanos, pero lo más importante fue el contacto con la ciencia política norteamericana de la época. Luego volví a Brasil para trabajar en mi tesis sobre el Estado y la elite política en el Imperio brasileño en 1969. La dictadura militar recién había instaurado el Acto Institucional 5 (AI-5), que tornó la represión mucho más violenta. Fueron años difíciles para la universidad, para los profesores y alumnos. En esas circunstancias, parecía una ventaja estar estudiando el siglo XIX, lejos de los temas contemporáneos. La tesis de doctorado, completada en 1974, salió publicada primero en dos libros A construção da orden (1980) y Teatro de sombras (1988), y después en uno solo (1996). La última edición, la sexta, es de 2011. Es una tesis de ciencias políticas, aunque dotada de una base histórica. Era, además, una tesis a contracorriente: hablar de elite política en aquella época no era fácil; despertaba sospechas de elitismo y de defensa de las elites. Más aun: todo lo que yo y mis colegas habíamos estudiado de ciencias políticas en las universidades americanas se consideraba inútil o reaccionario en Brasil: los partidos políticos, las elecciones, el Congreso, el sistema representativo, etc. Nada de eso existía ni era visto como deseable por la derecha y por la izquierda; la democracia liberal tenía pocos adeptos. Los posgrados que se formaron en Minas y en Rio de Janeiro desarrollaran un gran trabajo sobre los “temas malditos”. Cuando vino la democratización en 1985 y estos temas volvieron a ser deseables, había ya un buen número de investigadores que los conocían. Hasta en la Universidad de São Paulo, donde era más fuerte la tradición francesa, fueron aceptados.

NLR: ¿Quiénes fueron esos investigadores?

JMC: En Rio, Wanderley Guilherme dos Santos, que fue mi colega en Stanford, Carlos Hasenbalg, argentino, formado en Berkeley, Fernando Uricoechea, colombiano, también de Berkeley, y que escribió una excelente tesis doctoral sobre el Brasil Imperio, y Bolívar Lamounier; en Minas, Fábio Wanderley Reis, Simon Schwartzman, que estudió la posición de São Paulo en la federación brasileña, yo mismo y otros. Varios de ellos también habían estudiado en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), en Santiago de Chile. La primera oportunidad para formarse en posgrado fue realmente la FLACSO, que impartía una maestría; en Belo Horizonte fui alumno de aquellos profesores que habían estudiado en FLACSO. Así que el tipo de sociología y de ciencia política que encontramos en los Estados Unidos ya había de alguna manera llegado vía FLACSO, sobre todo con el sociólogo sueco Johan Galtung. También postulé a una beca para la FLACSO, pero mi problema fue una ecuación matemática que me puso Galtung, que era muy cuantitativo. Esta fue la segunda vez que una ecuación matemática cambió mi vida. La primera vez fue cuando postulé a la universidad en Minas para estudiar economía. En esa ocasión, una ecuación de segundo grado me derrumbó, y tuve que optar por sociología y política, que no exigía muchas matemáticas.

Hago un paréntesis. En la Facultad de Ciencias Económicas existía una beca muy buena que exigía a los becarios la producción de una monografía anual. Un profesor me sugirió que estudiara la lucha política de familias en la ciudad donde vivían mis padres. Fue mi primer trabajo publicado. Se trataba de un trabajo histórico, pero, con la pretensión típica de un alumno, usé una teoría de Johan Galtung y lo titulé “Barbacena: a família, a política e uma hipótese”. Fue un estudio histórico, pero ya combinaba historia y sociología. Desde ahí mi trabajo se encaminó por la historia pero sin perder pie en la sociología y en la teoría política.

NLR: A lo largo de su obra es posible identificar una ruta de investigación bastante coherente. Primero fueron sus trabajos dedicados al estudio de la construcción del Estado por parte de las elites (A construção da ordem y Teatro de sombras), luego se volcó al estudio de la formación de la nación por parte de otros agentes más allá de la elite (Os bestializados y La formación de las almas) y más tarde vino el tema más específico de la ciudadanía (Ciudadanía en Brasil: el largo camino). ¿Cómo se constituyó este derrotero intelectual?

JMC: Es correcto. Antes de publicar la tesis, publiqué dos trabajos sobre las elites y la construcción del Estado. En 1978 publiqué un libro sobre la Escuela de Minas de Ouro Preto, un estudio de historia de la tecnología y del impacto social y político de las elites volcadas a la técnica. El otro trabajo, publicado en 1977 en História geral da civilização Brasileira, analizaba el rol de las elites militares en nuestra historia republicana. Este trabajo tuvo como origen una memoria escrita en los tiempos de estudiante tras el golpe de 1964. Después del golpe, me di cuenta de que nadie había previsto su naturaleza y su larga duración. Los militares tradicionalmente intervenían, bajaban un gobierno, pasaban el poder al partido opuesto y se iban. Esa fue su práctica en 1930, 1945, 1954. En 1964, al contrario, llegaron, vencieron y no se fueron. Hacía falta estudiar este nuevo actor político desconocido. En las universidades nadie los estudiaba. Dominaba un enfoque marxista que veía en los militares no más que un instrumento de dominación de la burguesía, el brazo armado del Estado burgués, que no podía ser estudiado en sí mismo. Mi trabajo fue en otra dirección y buscó inspiración en el concepto sociológico de organización total, desarrollado por Erving Goffman.

Ahora, realmente usted entendió bien, pues pasé del estudio de la formación del Estado, de las elites y de las políticas de gobierno, al estudio del pueblo y de la nación en Os Bestializados y en La formación de las almas. En ese período, yo estaba en la Casa Rui Barbosa donde me dedicaba a estudiar la República. Pero antes hubo otro momento importante en mi formación que fue mi paso por el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, un instituto de investigación independiente de la Universidad de Princeton. El Instituto es un paraíso para los investigadores. Allí estuve entre 1980-81 invitado por Albert Hirschman, un gran amigo de nuestra América. Hasta el día de hoy se reúnen allí cada año, en la pequeña faculty permanente, un grupo internacional de investigadores que se quedan trabajando un año académico. Tuve entonces la oportunidad de entrar en contacto con distinguidos investigadores de varios países en las áreas de historia y ciencias sociales. Eran norteamericanos, holandeses, ingleses, franceses, indios. Yo era el único latinoamericano. La formación que yo había tenido en Stanford era de muy buena calidad pero muy centrada en la ciencia política y muy, digamos, positivista. En Princeton, todo se abrió. Estaba allí el antropólogo Clifford Geertz, el economista Albert Hirschman, los historiadores John Elliott y Lawrence Stone, que eran ingleses, Robert Darnton, norteamericano, Dharma Kumar, india y Henk Wesseling, holandés. El ambiente en el Instituto era de mucha libertad, mucha diversidad y mucho intercambio. Y aquella apertura disciplinaria que en su momento alentó Francisco Iglesias y que se había cerrado para mí en el doctorado, volvió con más fuerza en Princeton. La sensibilidad para dialogar con otras áreas, sobre todo el arte y la literatura, fue un complemento importante a la formación obtenida en Stanford. Cuando volví a Brasil, ya tenía una cabeza más abierta.

Fue entonces cuando me fui a la Casa de Rui Barbosa, donde escribí Os bestializados y La formación de las almas. La preocupación inicial de la construcción del Estado se dislocó para la formación del pueblo, de la nación, de identidades colectivas, de creencias, valores, símbolos. Las fuentes documentales y el tipo de datos se ampliaron, sobre todo en La formación de las almas, para la literatura, la caricatura, los monumentos, la pintura, la música, etc.

El tercer paso se dio por una invitación hecha por Alicia Hernández Chávez del Colegio de México, para escribir un ensayo sobre el Brasil para ser publicado por el Fideicomiso Historia de las Américas y por el Fondo de Cultura Económica. Como ocurrió con los estudios sobre los militares, Ciudadanía en el Brasil también estuvo relacionado con la situación política de Brasil, marcada en aquel momento (años 90) por un desencanto con los progresos de la redemocratización. El entusiasmo inicial de 1985 que continuó con la Constitución de 1988 se evaporó. La gente se dio cuenta de que el derrocamiento de los militares no era suficiente para garantizar la democracia. La pregunta que me hice en 1964 –¿por qué nadie conocía los militares?– ahora fue sustituida por otra: ¿por qué el proceso de la democratización es tan complejo y difícil? Me pareció que una investigación histórica sobre el fenómeno podría ser útil.

NLR: En ese sentido, sus aportes al concepto y a la historia de la ciudadanía para el caso brasileño son muy significativos, llegan incluso a un cierto dislocamiento del propio concepto. Tenemos por ejemplo sus conceptos de “estadanía” y de “ciudadanía en negativo”.

JMC: Lo que se manifiesta aquí es el deseo de trabajar con la historia, pero sin perder de vista la preocupación por los conceptos. Sacar los conceptos de su contexto histórico es peligroso porque se puede caer en el anacronismo. Pero un concepto puede ser una manera de amarrar fenómenos históricos en una narrativa coherente, lo que para mí es sinónimo de buena historia. Toda narrativa debe tener algo así como una costura que una sus partes. Hay siempre una metahistoria en cualquier narrativa histórica. Por otro lado, hay que estar muy atento a los datos, a las evidencias. Hay una tendencia muy marcada hoy en día entre nuestros profesores y alumnos de sobrevalorar lo que llaman el “marco teórico”, es decir, de tomar prestado a un gurú del momento un esquema teórico para interpretar los datos. Hoy, todas las tesis deben empezar con un capítulo teórico-metodológico… Eso, a mi parecer, es sociologizar la historia. No conozco ningún gran historiador que haya empezado así un libro.

Son muchas veces los datos los que sugieren si hay que modificar el concepto o desarrollar otro. La historiografía sobre el movimiento obrero en la Primera República (1889-1930), incluso la mía, dejó en evidencia que existía una fuerte vertiente sindical que buscaba aproximarse al Estado, fenómeno al que se denominó sindicatos amarillos. En un análisis de la correspondencia pasiva de Rui Barbosa, primer Ministro de Hacienda de la República, encontré el mismo fenómeno. La mayor parte de los corresponsales le escribían para pedir favores de todos los tipos posibles. Las razones alegadas eran casi siempre personales o familiares, como el desempleo o tener una gran familia. Uno de estos mendicantes de favores concluyó: “la bandera de la República es muy grande: cúbrame con ella”. Otros análisis de correspondencias con autoridades, desde el Imperio hasta el gobierno militar, llegaron a los mismos resultados. Ahí se hace evidente una postura que podríamos llamar de tradición estatista, completamente distinta, por ejemplo, de la norteamericana. En este tipo de cultura política no se busca tanto una ciudadanía reivindicativa frente al Estado, sino más bien una incorporación al Estado, el ser acogido bajo la bandera del Estado, tal como señalaba la carta que acabo de citar. El contrato social implícito aquí no es el contrato liberal, donde el ciudadano, en contrapartida por su lealtad, exige participación en la formación y operación del gobierno. Es más una visión semejante a la ortodoxia positivista, tan fuerte en Brasil, y que tanto coincidió con nuestra cultura, según la cual no hay derechos sino apenas deberes recíprocos. El Estado tiene el deber de cuidar al ciudadano, el ciudadano tiene el deber de adherir al Estado, trabajar y cuidar de su familia. Queda claro que a una cultura de este tipo no le cabe el concepto liberal o incluso republicano de ciudadanía. Esa es la razón por la cual me pareció útil sugerir el concepto de estadanía, sin darle, por supuesto, una connotación negativa. La estadanía está presente hasta el día de hoy, incluso en la izquierda brasileña que es en buena parte clientelista y patrimonialista.

La idea del “ciudadano en negativo” fue desarrollada en un artículo de 1996 y aparece también en Ciudadanía en Brasil. La palabra negativo no suena muy bien, pero, como estadanía, no tiene una connotación peyorativa. Se refiere a otra modalidad de relacionarse con el Estado, más allá de la ciudadanía y de la estadanía. De la proclamación de la República se dijo que el pueblo de Rio la presenció “bestializado”, sin saber lo que pasaba. Pero cuando uno mira la historia de Brasil desde la Independencia en 1822 se observa que hubo mucha participación y muchos movimientos populares. En la década entre 1830 y 1840 hubo una revuelta tras otra. Incluso en el Segundo Reinado (1840-1889), un período más tranquilo, hubo revueltas populares. Eric Hobsbawm, en su trabajo sobre los movimientos populares, los descalifica un poco diciendo que no son políticos porque no pasan por el sistema. Los de Brasil tampoco pasaban por el sistema. Pero no me pareció adecuado clasificarlos como no políticos, una vez que tenían que ver con el sistema de poder, aunque muchas veces apenas fueran una reacción a decisiones del gobierno. Eran movimientos de defensa, en contra, no a favor: contra el censo, el casamiento civil, el reclutamiento militar, el aumento del pasaje de bus, la vacuna obligatoria, etc. No se puede decir que no eran políticos. Llamé a sus participantes ciudadanos en negativo para indicar la característica defensiva y reactiva de los movimientos; ellos no buscaban su participación en el gobierno, sino que reaccionaban a las iniciativas, algunas buenas, del gobierno. Se me ocurre ahora que quizás sería más apropiado utilizar la expresión ciudadanía reactiva en vez de negativa para evitar malinterpretaciones. Las dos calificaciones de la ciudadanía, la estadanía y la ciudadanía en negativo, me parecieron necesarias para dar cuenta de la diversidad de formas de relacionamiento del pueblo con el Estado en Brasil. No se abandona un concepto clásico, pero al mismo tiempo se evita utilizarlo para denotar fenómenos que poco tienen que ver con su sentido, digamos, inglés o europeo.

Podemos citar esta discusión para pensar lo que ocurrió en junio de 2013. Curiosamente, el electorado en Brasil es muy grande, toda vez que se puede votar a partir de los 16 años y el voto es obligatorio. Pero las manifestaciones de 2013 mostraron que ese sistema representativo que se creía en proceso de consolidación tenía problemas serios. Ahora bien, las manifestaciones fueron en buena parte reactivas, no tenían organización, ni una pauta clara de demandas. Ellas se ubicaban fuera de los mecanismos representativos, fuera de los partidos, de las organizaciones sociales, de los sindicatos. El fenómeno no es solo típico de Brasil; pasó en Argentina en la época de la consigna “que se vayan todos” e incluso en Estados Unidos (occupy Wall Street) y en varios países europeos. Eso quiere decir que todavía hoy no hay un pueblo político unificado, hay varias modalidades de ciudadanía.

NLR: En ese mismo libro, Ciudadanía en Brasil, el largo camino, que se publicó por primera vez en 1995, parte su introducción haciendo referencia a la notoriedad y protagonismo que gana la palabra ciudadanía después de la dictadura militar brasileña que finalizó en 1985. Una notoriedad que, no obstante, no se tradujo en mejores condiciones de vida para los brasileños, y que llama a reflexionar en torno a esta problemática en el momento en el que se cumplen 500 años de la conquista de Brasil por los portugueses, haciendo hincapié en el significado, la evolución histórica y las perspectivas de la ciudadanía, sobre todo por los posibles retrocesos que ella podría sufrir. Pasados casi quince años de ese llamado, ¿qué conquistas y retrocesos se han dado en estos últimos años? Y retomando el tema de las revueltas, ¿las protestas y el descontento que se han tomado las calles de las principales ciudades brasileñas en los últimos años constituyen quizá una reapropiación más genuina y potente del concepto y de la práctica de la ciudadanía?

JMC: Acaba de salir una edición del libro Ciudadanía en Brasil que trae un capítulo actualizado que cubre los últimos diez años. No hay duda de que hubo un gran avance en estos últimos años, sobre todo en lo que se refiere a los derechos sociales, un proceso que inició Fernando Henrique y que Lula amplió. Millones de personas salieron del nivel de pobreza y no hay cómo criticar esto. El otro lado de la moneda, quizás inevitable, es que el proceso creó un gran clientelismo político; el presidente de la República, o la presidenta, se transformaron en un gran coronel (cacique) con un electorado casi cautivo. La gente favorecida por los programas sociales, sobre todo por la bolsa familia1, está sujeta al mundo de las necesidades materiales, no tiene la libertad real para elegir si va a votar o no por el gobierno. Eso pasó en las tres últimas elecciones. En ellas, el argumento más fuerte contra la oposición fue el de que ella pretendía cambiar la política social.

En la segunda elección de Lula y en las dos elecciones de Dilma, las estadísticas electorales fueron muy claras. En la primera elección de Lula, sus votantes se dividieron casi igualmente entre todas las camadas sociales. En su segunda elección y en las dos de Dilma, el voto estuvo nítidamente marcado por diferencias sociales, la mayor parte de los pobres votaron por el gobierno. Hubo una correlación positiva entre el número de bolsas familia y la votación de Lula y Dilma.

La pregunta entonces es: ¿hubo un progreso? Hubo, pero con las consecuencias que señalo. Los votantes que apoyan el gobierno por motivo de las políticas sociales asistencialistas lo hacen muy racionalmente, pero no son todavía ciudadanos en el sentido que usó T. S. Marshall. Ellos fueron incorporados al sistema por la mano del Estado y mientras dependan de políticas sociales no tienen condiciones económicas, sociales o educacionales como para ejercer una ciudadanía activa. Ahí está el lado negativo del cambio, tal vez inevitable, en las condiciones sociales del país. El camino para una ciudadanía plena, activa, quizás tenga que pasar por una fase de estadanía.

Desde el punto de vista de los derechos políticos, las protestas de junio de 2013 fueron muy interesantes. Nadie las previó. Periodistas, investigadores, el servicio de inteligencia del gobierno, encuestadores de opinión pública, todos fallaron. El propio gobierno quedó perplejo. Su propaganda, basada exactamente en los beneficios generados por las políticas sociales, alardeaba el apoyo popular.

¿Qué pasó entonces? Es posible argumentar que en parte fue el propio éxito de la política social que causó las manifestaciones. Mucha gente salió del nivel de pobreza y miseria. Hubo una movilidad social ascendente que produjo lo que se acordó en llamar Clase C, una clase más independiente de políticas sociales y con nuevas exigencias de consumo. El aumento de la matrícula en la enseñanza de nivel medio y superior también contribuyó a la ascensión social. Fueron estas personas sobre todo, es mi hipótesis, las que llevaron su insatisfacción y demandas a las calles. Como he dicho, el movimiento, como en otros países, no tenía líderes fuertes o un programa bien elaborado. Lo caracterizó, sí, un total rechazo a la política institucionalizada. Este rechazo puede llevar a la izquierda o a la derecha, pero creo que fue un fenómeno muy positivo porque alarmó al gobierno y le mostró que el país se está moviendo más allá de sus políticas sociales. No creo que la democracia corra peligro. En las últimas elecciones, polarizadas entre los dos partidos tradicionales, el PSDB y el PT, poco se trató de las demandas de 2013 y los votos anulados fueron pocos. Pero creo que sería un equívoco creer que el malestar desapareció. No se hizo nada por resolver los problemas revelados por los manifestantes que pueden en cualquier momento volver a las calles.

NLR: La singular historia brasileña del siglo XIX pareciera obstruir cualquier posibilidad de emprender estudios comparativos dentro del espectro latinoamericano de la época y marca la tendencia ensayística a mirar el Brasil como un país definido por procesos sociohistóricos únicos. ¿Cómo ve usted esta situación? ¿Considera alguna posibilidad de abrir un horizonte comparatista del Brasil dentro del contexto latinoamericano?

JMC: Esta es una pregunta de un millón de dólares. Creo que hay una tendencia de todos los países de creerse únicos. De alguna manera lo son, sobre todo en la visión de los historiadores. Los mexicanos, los argentinos, los colombianos, los chilenos, los brasileros, todos se consideran únicos. La idea misma de una América Latina como un bloque homogéneo de países me parece artificial y sirvió más para unificar los estudios en los Latin American Centers creados en las universidades norteamericanas. Por razones históricas, Brasil quizás se distinga un poco más que los otros países de América ibérica. Recordemos las disputas entre las antiguas metrópolis, la lengua, la forma de gobierno en el siglo XIX (la monarquía), las guerras con los vecinos. La creación del Imperio sirvió para separar y crear enemistades, y el miedo al imperialismo brasileño, que todavía subsiste. En la cultura y en el comercio, Brasil estaba más próximo a Europa y a Estados Unidos. El Barón de Río Branco, en su época como diplomático del Imperio (inicio del siglo XX), intentó hacer una política más panamericana, pero con énfasis en la relación y liderazgo de los Estados Unidos.

Ahora bien, no somos prisioneros del pasado. En las últimas décadas se han creado varios mecanismos de cooperación económica, como el Mercosur, y de intercambio cultural. Varios seminarios internacionales han incrementado el conocimiento recíproco y producido algunos importantes estudios comparados. Personalmente, tengo buenos contactos con investigadores argentinos, mexicanos, y un poco menos con uruguayos y colombianos. En México, con colegas del Colegio de México, como Carlos Marichal y Aimer Granados. Allá Alicia Hernández publicó Ciudadanía en Brasil. En Argentina, conozco bien a Hilda Sábato, José Carlos Chiaramonte, Natalio Botana, María Celia Bravo y los colegas de Quilmes que publicaron Formación de las Almas. Todos siempre me acogieron muy bien. No creo que la lengua sea un gran obstáculo. Cualquier brasileño sin estudiar español puede entenderlo y creo que al contrario también. Pero persisten prejuicios mutuos y falta una promoción más enérgica de políticas de intercambio.

Pero creo que la tendencia es claramente a reducir la distancia entre nuestros países gracias al mayor intercambio de profesores y estudiantes, más proyectos comunes de investigación, más estudios comparados. Lo importante, me parece, es que se parta de intereses recíprocos concretos y no de supuestos determinismos de naturaleza geográfica, política, económica o cultural.

NLR: Uno de sus libros más leídos entre el público general, y no solo especializado, fue D. Pedro II, una biografía sobre el segundo emperador de Brasil. Observamos en ese libro un intento por establecer un contacto con un lector común, no académico. Aquí hay dos preguntas. Por un lado, siendo el emperador Pedro II una figura tan atractiva en la historia de Brasil, del cual se han escrito varias biografías, ¿qué sello distintivo quiso dar a la biografía que usted escribió? En segunda instancia, ¿cómo conciliar las exigencias académicas que obligan a publicar en revistas y formatos dirigidos y validados solo por especialistas, y el papel que debe cumplir el intelectual o académico frente al resto de la sociedad, frente a una esfera pública?

JMC: El libro sobre Pedro II, como Ciudadanía en el Brasil, fue un encargo editorial. En los dos casos, las editoriales querían textos no académicos que fueran accesibles a públicos más amplios. Pedro II: ser ou não ser fue encargado por Companhia das Letras como parte de una serie llamada Perfis brasileiros. El texto debía dispensar la parafernalia académica de las referencias, y el lenguaje tendría que ser accesible.

Este tipo de libro que se acerca al formato de ensayo ya no es bien recibido por historiadores y científicos sociales brasileños. A muchos colegas Pedro II no les gustó: “¿Dónde están las notas de pie de página?”, preguntaban, “¿Dónde está su hipótesis, donde está su ‘marco teórico’?”. Otros concluían que por no haber notas de pie de página no había investigación... Ahora bien, ¡fueron por lo menos treinta años de investigación!

Desde los años setenta, tras la introducción en Brasil del posgrado al estilo norteamericano, hubo un crecimiento acelerado del número de maestros y doctores en historia y en ciencias sociales. Eso resultó en un movimiento profesionalizante y corporativo preocupado por hacer de la historia una ciencia y separarla de otras áreas de conocimiento. La historia se convirtió en un emprendimiento científico que exige métodos y lenguaje específicos reconocidos por la corporación. El historiador tiene que distinguirse del periodista, del ensayista, del literato. La cualidad científica de los programas de posgrado y de la producción académica es hoy evaluada en números por comités de la CAPES (Coordenação de Aperfeiçoamento de Pessoal de Nivel Superior). Una consecuencia es que las personas escriben cada vez más en “dialecto”, para su tribu académica y en revistas especializadas. Lo que escapa a estas exigencias no es valorado.

El nuevo tipo de producción no es accesible a un público amplio. La escritura para este público quedó restringida a los periodistas y amateurs. El historiador intelectual público, que era común en el Brasil, empieza a desaparecer o a no merecer el título de historiador, o sociólogo, o politólogo. La historia ahora se clasifica entre las ciencias, no más entre las humanidades. En esta cuestión soy anticuado, creo todavía en la historia como parte de las humanidades. Esta convicción incluye la necesidad de escribir también para el gran público, para todos los ciudadanos. Curiosamente, esta era la propuesta de Carl Friedrich Philipp von Martius, un botánico prusiano que publicó en 1845 en la revista del Instituto Histórico y Geográfico Brasileiro un artículo titulado “Como se deve escrever a história do Brasil”. Para él, el historiador debía escribir de una manera simple para el gran público. Todavía creo en esto. En ese sentido fue que acepté hacer Ciudadanía en Brasil, un libro que ya tiene dieciocho ediciones. Eso no impide, naturalmente, que uno escriba también textos más complejos para públicos iniciados.

Ahora, sobre la segunda parte. La idea de la colección que estaba creando Companhia das Letras pedía una clave que amarrara la narrativa. Y escogí esta idea de ser o no ser. Es decir, ser un emperador que ejercía plenamente su poder y al mismo tiempo un hombre dominado por otras pasiones a quien repulsaba el juego del poder. De ahí que fue, por un lado, atacado por exceso de poder y, por otro, por no hacer política. Por no hacer política no luchó por la preservación de la monarquía. No construyó ninguna base de poder para sí mismo, se alejó del ejército, de los propietarios por causa de la abolición de la esclavitud y de la Iglesia por su regalismo. Tras cuarenta y nueve años de gobierno, fue depuesto por un golpe militar incruento recusándose a resistir e incluso a fugarse en un navío chileno que le ofreció refugio. Así, encontré esta figura un poco extraña, un Habsburgo culto, alto y rubio, en un país de población en gran parte analfabeta y mestiza; apasionado por mantener la ley y la Constitución en una antigua colonia de una monarquía absolutista; de formación liberal en una sociedad esclavista. Creo que Pedro II vivió permanentemente el drama íntimo de tener que dividirse entre el deber de servir a la patria y el deseo de dedicarse a sus amores, sobre todo a las artes y las ciencias. Hoy yo cambiaría el título de Ser o no ser a Ser y no ser; el drama era vivir las dos cosas a la vez. Esa fue la clave de mi interpretación, la costura de la narrativa.

NLR: Hay incluso una cierta densidad literaria en esa biografía.

JMC: Cuando hablé de Francisco Iglesias dije que él era muy cercano a la literatura y escribía muy bien. Escribir bien era por supuesto una tradición entre los historiadores europeos, quizás una reminiscencia de los tiempos en que la historia hacía parte de la retórica. En mi tiempo en los Estados Unidos perdí la preocupación por el estilo y la buena escritura. Cuando volví y empecé a escribir para periódicos, la preocupación volvió porque se trataba de escribir para un público distinto del académico. Comencé a interesarme de nuevo por la calidad de la escritura, a buscar un texto más claro, breve, accesible. Ese es un esfuerzo que nunca termina. Pedro II fue el libro en el que me sentí más libre para trabajar el estilo.

NLR: Para terminar, ¿cuáles son sus intereses académicos actuales?

JMC: Con dos colegas, Lucia Bastos e Marcello Basile, estamos terminando un trabajo sobre los panfletos impresos de la independencia de Brasil. Se trata de localizar, recolectar, transcribir y publicar unos 350 panfletos publicados entre 1820 y 1823 en Brasil, Portugal y en la Banda Oriental, actual Uruguay. Serán cuatro tomos, cada uno con unas 800 páginas. Ha sido un trabajo muy largo y penoso, pero que esperamos sea muy útil para los investigadores del período. Un trabajo semejante para los otros países de “nuestra América” podría resultar en un magnífico estudio comparado de nuestras independencias. Un resultado inicial para Brasil fue mostrar que la independencia fue más discutida por más gente de lo que se pensaba. Se discutió sobre el constitucionalismo, el absolutismo, la soberanía, el liberalismo, la separación de poderes, se recurrió a los clásicos romanos, como Cicerón y Séneca, y modernos, como Montesquieu y Locke. Se discutió sobre todo sobre las ventajas y desventajas de la separación y de la unión entre Brasil y Portugal. Si agregamos los panfletos manuscritos, que ya publicamos, tenemos un escenario de mucha participación popular. Los panfletos servían para convocar a las personas a la calle, eran el Facebook de la época. No hubo en Brasil una gran guerra de cañones como en los otros países de América, pero sí mucha guerra de palabras, o guerra literaria, como se decía entonces.

Bibliografía

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Martius, Carl Friedrich Phillip von. “Como se deve escrever a história do Brasil”. Revista do Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro 6 (1844): 381-403. Impreso.

1 El Programa Bolsa Familia (PBF) fue creado en el año 2003 por el primer gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva y se convirtió en el mayor programa de transferencia de ingresos condicionados en Brasil y el mundo, dado el número de beneficiados y el presupuesto asignado.